Sala Siroco, 13/02/2015

The Long Ryders fue (y eventualmente sigue siendo) una banda estadounidense que se forjó un nombre a mediados de la década de 1980 recogiendo la herencia de una new wave ya desfasada, y transformándose con el paso de los años en un imprescindible  de lo que pasó a llamarse “Nuevo Rock Americano”, asumiendo a su vez toda la tradición del country y el folk de su país, sobreviviendo hasta nuestros días como la típica banda ochentera relevante que acaba denominándose con el engañoso término “de culto”. Su cantante y líder, Sid Griffin, ha sacado varios discos en solitario, y venía a actuar a Madrid presentando un formato (voz y guitarra) que puede enamorarte o puede torturarte.

Uno tenía cierta expectación por ver qué se encontraba: el cantante de un grupo, cuando inicia una trayectoria en solitario, suele aportar cosas interesantes, especialmente cuando su música cambia con respecto a su anterior banda. Podría decir que es el caso de Griffin. Sin embargo, y no puede decirse de otra manera, el concierto fue realmente mediocre.

Sin actitud, sin voz, hablando más tiempo entre canción y canción de lo que duran los propias temas, con una ejecución de la “doce-cuerdas” muy pobre, desganada y fallona. Sid parecía un guiri que había venido de vacaciones a España y se había animado a tocar unos temas en el bar de unos amigos. Y el público lo notó. La mayoría eran seguidores de Long Ryders, con ya bastante experiencia, y la propia actitud de Griffin, así como la elección del repertorio, hizo que muchas partes del concierto el público estuviera más pendiente de conversar y charlar que de escuchar al músico. Exceptuando “I want you bad”, temazo de los Long Ryders, que sí generó cierto ánimo en el público, Griffin fue incapaz de transmitir, incapaz de crear un clima y un ambiente propicio, incapaz de suscitar emociones con canciones que bien podrían conseguirlo. Él mismo parecía reconocer que estaba cumplimentado un trámite en la Siroco de Madrid.

Son ya muchos los casos de viejos rockeros (y no tan viejos y no tan rockeros) que estiran sus carreras y sus giras sin realmente disfrutarlo, siendo sombras de lo que fueron. Y ni siquiera un público romántico y nostálgico parece darse por contento con esto. Puede que Sid Griffin sólo tuviera un mal día, pero la brillante carrera de este músico, y especialmente sus brillantes canciones, no se merecen una actuación como esta en la que lo máximo que puedes decir es “Bueno, ¿no ha estado mal, no?”, y que nadie conteste.