Sala Siroco, 12/12/2014 

Quién puede negarse a una voz aterciopelada y a una doce cuerdas una fría noche madrileña de diciembre? La bilbaína Ana Fernández-Villaverde tiene construido su personaje, de mirada íntima y falda de volantes hasta los tobillos, folclórico como el espíritu de sus canciones, aunque éstas no dejen de ser pop melódico, dulce canción ligera. Y es obvio que el personaje funciona. Durante más de hora y media embelesó a un público que quería ser embelesado. Canciones de amor con alma de la España profunda dirigidas a indies profundos, de los que se toman eso de ser “alternativo” muy en serio, para bien o para mal.

Se trataba de repasar sus dos primeros discos, los que le han hecho hacerse un hueco en el panorama del pop nacional contemporáneo como nombre destacado. Romancero y Fiesta, dos buenos trabajos que le han permitido ser protagonista en la escena independiente, especialmente por su originalidad. Más en el envoltorio que en el contenido, eso sí.

Lo primero es lo primero, y por eso Ana salió con su acústica y fue cantando una a una las canciones de Romancero, mientras la audiencia cantaba como en voz baja, dejando que ella les guiara como si en una reunión de amigos alguien saca una guitarra y todos cantan en torno a ella. Pero en una reunión de amigos “tranqui”. Esto fue lo mejor de la noche, sin duda: la naturalidad y espontaneidad con la que interpretó las canciones, ella sola y su guitarra, tranquila, emotiva y eficaz. Las letras de amor como de mediados de siglo XX, como de la década de los 40 o los 50 del siglo pasado, generan una sensación catártica en directo muy especial. “De momento abril”, “Santa Fe” y, sobre todo, “Golpe de Estado”, fueron los momentos de mayor lucidez. Es cierto que la voz de La Bien Querida, con un aire al de Irantzu Valencia de La Buena Vida, tiene un toque cálido y agradable en los discos, pero en directo se detectaron alguna que otra vez leves problemas de afinación que al final se ven recompensados gracias a la atmósfera que es capaz de crear.

Sin embargo, cuando empezaron los temas de Fiesta la cosa decayó considerablemente. Podríamos decir que, en parte, se rompió un poco el hechizo. Es cierto que en este disco los elementos folk se mezclan con un engranaje muy variado de electrónica, sintetizadores y baterías más contundentes.

Pero, según esta humilde opinión, lo mejor hubiera sido mantener ese ambiente íntimo que se consiguió en la primera mitad del concierto. Sin embargo, Ana decidió acompañarse por una base lanzada para dar más dinamismo al concierto. Grave error. Las bases de cada tema generaban un “efecto karaoke” bastante desagradable, bastante incoherente. Tenían poco que ver con el sentido que toman las canciones en un acústico. Adaptarlas hubiera sido mejor, amoldarlas al binomio “voz bonita-guitarra de doce cuerdas”, pero en su favor diré que al púbico no pareció importarle y siguió disfrutando el resto del concierto. “Hoy”, de las mejores canciones que tiene en su haber, fue una de en las que el público levantó un poco más la voz, rompiendo el pacto no escrito de algunos conciertos acústicos. Sin muchos más alardes, se despidió con la misma mirada inocente y supuestamente vergonzosa. La gente del público se fue a su casa a leer a Kapuscinsky.