Con cincuenta y tantas castañas, Stiff Little Fingers no ocultan arrugas ni canas y posan con orgullo (¡y con camisa country!) en la portada de este No Going Back, su décimo álbum de estudio. Su cara de satisfacción está justificada: han redondeado un disco de sonido poderoso en el que abundan las composiciones que recuerdan la frescura de sus inicios.

Ya su anterior trabajo, Guitar and Drum (2004) supuso un sorprendente y feliz regreso de las mejores virtudes del cuarteto del Ulster: rabia, energía, estribillos memorables… Cerraban así una larga etapa de discos irregulares en los que, aunque no faltaron buenos temas, cayeron víctimas del despiste colectivo propio de los años posteriores al punk y la new wave y de algunas producciones infames que convirtieron en romo lo que en otro tiempo fue afilado.

Diez años han tardado en volver al estudio y lo han tenido que hacer autofinanciándose con una campaña de crowdfunding que logró su objetivo en apenas 12 horas. En No Going Back conviven himnos bien planteados y resueltos (“My Dark Places”, “Full Steam Backwards”, “Good Luck with That”), algún destello de ritmo jamaicano (“Don’t Mind Me”), una incursión en el folk-rock, que recuerda a The Pogues (“Guilty as Sin”) y un medio tiempo de tintes épicos (“Since Yesterday Was Here”). También hay algún momento que chirría, como ese “Throwing it All Away” que parece coquetear con el mainstream.

Pero, en suma, el saldo es positivo, la banda está en estado de gracia y Jake Burns ha alcanzado plenitud como cantante, lo cual nos hará disfrutar como enanos este mes de Noviembre cuando vengan de gira por nuestro país. Sin embargo, cuando llega el último corte, “When We Are Young”, y suena ese fragmento incrustado de “At the Edge”, uno de sus temas de la época dorada, al que esto escribe le invade la nostalgia y no puede evitar el impulso de correr a la estantería para desenfundar el Nobody’s Heroes y dejar caer la aguja. Y es que, por mucho empeño que se ponga, hay momentos que no se pueden repetir.