La tragedia es el reino donde Mark Lanegan se encuentra a sus anchas. Su noveno disco abunda en temáticas sombrías. Letras, que más que negro sobre blanco, parecen escritas negro sobre negro. Sobre este libreto oscuro emerge su voz cavernosa recién salida de un enjuague de azufre en el volcán Snaesfellsjökull, que se impone sobre la instrumentación basada en sintetizadores, guitarras atmosféricas y percusión sin conseguir un resultado brillante.

Si bien es cierto que temas como el inicial “Harvest home” o la más acústica “I am the wolf” nos traen al Lanegan más clásico y reconocible, aquél cuyo estilo radica en una garganta cálida, áspera y envolvente capaz de derribar y crear muros a su antojo, el concepto de este álbum es otro bien distinto, cimentado en la exploración de fronteras melódicas como sucede en “Floor of the ocean” o “Seventh day”.

Sin embargo la idea no termina de cuajar, y los sintetizadores parecen atropellarse en una búsqueda ambiental y etérea, que ni su voz es capaz de llevar a buen puerto. El resultado es un álbum lleno de medios tiempos como la sanguinolenta “The killing season” o las más diluyente “Waltzing in blue”.

Sus inicios en Screaming Trees, bajo el sello SubPop en la década de los ochenta y sus estupendas colaboraciones con Mad Season, The Twilight Singers junto a Greg Dulli o en Queens of the Stone Age, nos remiten a un personaje inquieto que deja su sello en cada nota.

Porque Lanegan siempre se referencia a sí mismo allí donde esté, aunque en el camino se produzcan extravíos. Sin ser su mejor trabajo, el hecho de que a los cincuenta siga con ganas de experimentar es una buena noticia.