Joy Eslava,  30/10/2014

Kerouac describe en su novela “En el camino” que hay músicos que LO tienen y músicos que no LO tienen, refiriéndose a esa sensación inexplicable que tenemos cuando vemos a alguien hacer música y nos hace sentir eso que no sabemos expresar con palabras, pero que dibuja una sonrisa en nuestros rostros. Precisamente eso es lo que me hizo sentir Imelda May la otra noche. Porque ella LO tiene.

Abarrotado hasta la última planta, el mítico teatro se vistió con el traje de las noches especiales. En el público predominaban los rockers que ya pasan la treintena. El color lo aportaban sus tupés perfectamente colocados y sus camisas al estilo de los años 50, aunque también había otro tipo de espectadores menos clasificable, lo que viene a confirmar la transversalidad de todos los estilos que Imelda y su banda dominan, que no dejan de ser los que alumbraron el nacimiento y la consolidación del rock and roll a lo largo del siglo XX.

El inicio del concierto fue toda una declaración de intenciones. “Tribal”, con su electrizante riff entre el garage  y el surf, comenzó a sonar mientras Imelda aparecía con gesto solemne, como de diva de los suburbios de Dublín, generando furor en una legión de seguidores llamativamente fieles (las entradas estaban agotadas con cuatro meses de antelación). Con las primeras canciones ya pudimos comprobar lo sobrada que anda esta cantante de rockabilly encima de un escenario, pero esa seguridad que desprende tiene varias explicaciones que vas entendiendo según avanza el concierto. Por un lado, un repertorio muy bien escogido, usando el viejo truco de alternar canciones más movidas con otras más lentas (el contraste entre el desenfreno y la urgencia de “Love Tattoo” y la lúgubre y blusera “Wicked Way”. A esto hay que añadir una banda de músicos técnicamente espectaculares, que dominan varios instrumentos y que dan soporte musical y escénico y un contacto con el público más que frecuente. Y, sobre todo, un dominio de la voz  y un carisma admirables. Éstas son algunas de las razones por las que el directo de Imelda te prende.

Entre canciones que iban calentando y suavizando al público a su antojo, cabe destacar el momento en el que la irlandesa cantó con el público, invitándole a participar con coros y palmas, la que probablemente sea su canción más conocida en su último trabajo, “It’s Good To Be Alive”, que incendió la sala y se convirtió en el momento más divertido y emotivo de la noche. Muy especiales también fueron los momentos finales, en los que Imelda desplegó su potencia vocal y melódica acompañada únicamente por un ukelele, interpretando las versiones de “Bang Bang” de Nancy Sinatra y “Dreaming” de Blondie. El silencio que se produjo en la sala mientras cantaba ponía los pelos de punta.

Para entendernos, Imelda May dejó satisfecho a todo el mundo, y muy probablemente quedara ella igual de contenta observando la mirada con la que la despedía al respetable. Queda claro que no es sólo una niña bonita con buena voz, además de inyectar adrenalina a través de su rockabilly enérgico y confiado, sus canciones respiran también folk, blues, soul,… Beben de la música irlandesa y de estilos norteamericanos que van desde el jazz, la llamada “música negra” e incluso, al country. La cita a Kerouac al principio de esta crónica no es casual. La música, y la actitud en directo de Imelda May y su banda, son como un viaje, como un camino de ida y vuelta continuo entre Irlanda y Estados Unidos. Esa música que hace que te muevas o que te emociones sin saber por qué. Esa música que te hace pensar: ¡Oh Dios mío, qué bueno es estar vivo!