Sala BUT, 10/03/2016

Pasaban escasos minutos de las nueve y las luces se apagaban. La sala estaba repleta porque la organización había puesto sobre aviso a la parroquia: “Hora de inicio del concierto: 21:00h (puntual). El concierto durará 3 horas aproximadamente”. Es realmente extraño que un concierto empiece puntual en nuestro territorio, y mucho menos cuando involucra a grandes estrellas, pero es que Chris Robinson es un personaje lejano a la normalidad y, efectivamente, a la hora acordada los primeros acordes ya estaban sonando y todos los feligreses preparados.

La atmósfera era propicia para disfrutar de la psicodelia, gracias a los colores chillones, dos barras de luces brillantes, correas de guitarra anchas con acabados indios propios del oeste americano, chapas con motivos fronterizos, un búho que sostenía 4 barras de incienso que se iban quemando a ritmo lento, tres banderas que cubrían la parte posterior del escenario, una principal con las barras de la bandera americana (pero no con las estrellas, que quedaban sustituidas por uno de los símbolos del cuervo de Georgia). A la izquierda, un anagrama psicodélico con el ojo que todo lo ve y a la derecha, el oso de la República de California, símbolo inequívoco de Chris desde la época de los Black Crowes. En un extremo del escenario, el espacio dedicado al teclista ocupaba más que el nicho de cualquiera de los otros componentes, incluyendo el batería.

La hermandad de Chris descarga tema tras tema sobre su público, que no termina de entender lo que se le viene encima con esas interpretaciones de más de 10 minutos, enlazando unas con otras sin pausa. Si alguien vino a ver a los Cuervos, se equivocó por completo. Esto es otro rollo, esto es la resurrección de Jerry García, esto es el alma de los temas infinitos e improvisaciones divinas de los Allman Brothers con toques de los Doors. Tiene vida propia mucho más allá del grupo de los hermanos Robinson. El volumen del show es contundente y las teclas tienen protagonismo absoluto, los efectos de las tripas del Hammond gobiernan la mayoría de las canciones y al cerrar los ojos echamos de menos el olor, como poco, de la marihuana.

Casi todos son temas propios de Chris Robinson Brotherhood, repasando algo de cada una de sus tres lonchas publicadas, salvo alguna versión como el clásico psicodélico de Delaney Bramlett “Hello LA Bye Bye Birmingham” aparecido en uno de los cortes del cuarto álbum de Blue Cheer y con el que abrieron el concierto, o el reconocible “Never Been to Spain” de Three Dog Night, que ya versionara Elvis en su día. Hasta el maestro Dylan tuvo espacio para su cover con un “She Belongs to Me” glorioso.

El show ya iba por su hora y media cuando Chris anuncia que se toman un breve descanso para atacar el segundo “leg” de 90 minutos más. Algunas caras en la audiencia ya no reflejan la emoción del principio, se aprecia cierto cansancio tras casi cuatro horas de pie desde que abrieron las puertas para los fans que se posicionaron en las primeras filas.

Pero es lo que hay. Robinson es fiel a su propuesta. Esto no es un concierto de Black Crowes, ni pretendió serlo nunca. Es un concierto de los Brotherhood. Su guitarra Neal Casal y el propio Chris se dedican exactamente a esto, a honrar el espíritu de los Grateful Dead con interpretaciones impecables, de una calidad musical a la altura de sólo unos pocos. Los creyentes estabamos recibiendo la bendición en forma de música celestial y todos deberíamos ser conscientes de lo que ese regalo supone. Cansados pero contentos, afortunados y bendecidos, abandonamos la sala contando las horas para que el cuervo vuelva a volar sobre estas cabezas mientras entonamos nuestras plegarias: “Jerry García que estás en los cielos…”