Quien no se haya acercado nunca a la música de Björk, bien podría hacerlo a través de su flamante último disco: quedaría mortalmente atrapado. Y es que, a pesar de ser su noveno álbum, la islandesa firma con este una de sus mejores y más sinceras entregas. Lo que para otros suele ser una manera de seguir explotando fórmulas que funcionan, para ella es la ocasión de confesarse y descubrirnos su cara menos conocida; más cercana, más desagarrada, más humilde incluso.

Vulnicura no ha tenido una trayectoria al uso. El secreto mejor guardado de la islandesa, que no publicaba trabajo propio desde que en 2011 apareciera Biophilia, se filtraba prematuramente dos meses antes de la fecha prevista para su lanzamiento. Nada a lo que no estemos acostumbrados últimamente, en esta era en la que queremos tenerlo todo y cuanto antes, mejor. Pero una mujer como Björk, que si por algo se caracteriza es por vivir muy en su tiempo (incluso a veces parece que un paso por delante), ha sabido aprovechar lo que sin duda podía haber sido motivo de más de una disputa y le ha dado la vuelta para que jugara a su favor.

Sin pensárselo dos veces publica su álbum en iTunes aprovechando las circunstancias, en contra de todos los planes de marketing previstos. Renovarse o morir, que dicen. El chileno Arca vuelve a sorprender gratamente en la producción, y sigue en alza tras sus anteriores trabajos para Kanye West y FKA Twigs, y con él está asegurada la parte más electrónica del álbum, a la que contribuye también la aportación de The Haxan Cloak, autor de ambientes y atmósferas oscuras y asfixiantes que deja su huella también en varios de los cortes. Como también lo hace Antony Hegarty, cuya voz personal resuena en “Atom Dance”. El disco comienza con “Stonemilker”, un tema brillante y luminoso gracias a esos increíbles arreglos orquestales, que al mismo tiempo sirven de telón de fondo para esa súplica que parece lanzarnos: “We have emotional need/ I wish to synchronize our feelings/ Show some emotional respect”.

El protagonismo de las cuerdas subraya el carácter universal del tema. Y es que su reciente ruptura sentimental se siente detrás de cada corte, como motor que impulsa y renueva esa máquina de crear que es la islandesa. La sinceridad y la denuncia amorosa continúan en “Lionsong”, donde las cuerdas se entremezclan con toques de electrónica, más en la línea de lo que nos tiene acostumbrados. History of Touches es una especie de resumen del fracaso amoroso y de cómo, al echar la vista atrás, es cuando somos capaces de analizarlo: “Every single fuck/ we had together/ is in a wondrous time lapse”.

Y así llegamos casi a la mitad del disco, en el que quizá sea uno de los temas más conseguidos. “Blak Lake” hace honor a su título: en sus más de diez minutos caben silencios, pausas, subidas y bajadas, confesiones… “I did it for love/ I honoured my feelings/ You betrayed your own heart/ Corrupted that organ”. Es Björk desnudándose ante nosotros, acompañada por bases de percusiones y sintetizadores electrónicos en perfecto equilibrio con la letra, como transformando su sufrimiento en sonido.

El ruido y la asfixia aparecen en “Family”, otra de las preocupaciones que sobrevuelan el disco. Curiosamente aquí la cantante vuelve a exigir respeto, en “Show some respect between the three of us”, en referencia a su hija en común. Petición que se repite como un mantra, presente en el noveno corte, donde la artista parece querer redimirse y purificarse para renacer de sus cenizas “I need to back up/ vicious habits/ do something/ I haven’t done before”. Algo que ha conseguido con este último álbum, exorcizar sus demonios para sorprendernos a todos con su confesión. “Don’t remove my pain/ it’s my chance to heal”, admite en “Notget”.Hay quienes saben aprovechar el dolor para hacer obras maestras, y Björk lo ha vuelto a conseguir de nuevo.